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Diario de información económica del sector inmobiliario

21 Nov 201809:00

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El nuevo alquiler

El nuevo alquiler

 

 

El mercado de alquiler actual dista mucho del de hace quince o veinte años, cuando era habitual encontrar viviendas sin reformar, sin suministros, etc. Ahora es realmente difícil encontrar una vivienda en el centro de una gran ciudad que no se ofrezca lista para vivir. Eso significa que han sido reformadas, amuebladas, equipadas y hasta decoradas para que el futuro huésped sólo tenga que llevar el cepillo de dientes y quizá alguna toalla suplementaria. El hecho de que las viviendas se entreguen habiéndose realizado en ellas una inversión también sube el nivel de renta esperado.

 

El público objetivo se ha ampliado, ya que ahora dentro de la demanda también existe un perfil de profesional o estudiante, mayoritariamente extranjero, cuyas necesidades de término son mucho más cortas. Esto provoca que no estén dispuestos a tener que reformar ni equipar la vivienda y puedan desembolsar importes más elevados a cambio de un equipamiento total. En este sentido, la rotación será mucho más elevada, y por tanto los meses de desocupación se compensarán por el incremento de rentas.

 

Los propietarios de estas viviendas no cierran la puerta a alquilarlas a residentes fijos, pero evidentemente tampoco están dispuestos a renunciar al nuevo nivel de ingresos.

 

Cada día vemos cómo las administraciones celebran las noticias de que grandes multinacionales (Google, Facebook, Amazon) estén situando departamentos en nuestras ciudades, que atraerán centenares de puestos de trabajo especializados. Cada vez que esto ocurre, el mercado se vuelve a ver presionado por estos profesionales, que raramente adquieren viviendas en propiedad sino que pasan a formar parte de este nuevo público objetivo que requiere este “nuevo alquiler”.

 

El mercado no entiende de nacionalidades, así que tanto unos (el público objetivo autóctono tradicional), como los otros (el nuevo público objetivo temporal) van a formar parte un mismo mercado para el cual hay un número limitado de viviendas. Así pues, a medida que nuestras ciudades vayan aumentando el atractivo global, la situación va a seguir produciéndose, y sí, el público autóctono tiene todos los números de salir perdiendo dado que su poder adquisitivo es muy inferior al del competidor.

 

El resultado de todo esto es que en el presente ya existe una clara distinción entre las familias que tienen la vivienda en propiedad y las que no. La posibilidad de que a largo plazo éstas últimas puedan mantener su residencia en la zona donde actualmente viven es bastante remota si no incrementan su nivel de ingresos.

 

La medida de modificar el plazo mínimo de los contratos de alquiler de los tres a los cinco años puede dar un poco más de estabilidad a los inquilinos, pero no impedirá que al cabo de los cinco años el incremento de renta sea aún mayor, por lo que no deja de ser una medida más estética que efectiva a largo plazo.

 

Se trata de una situación contra la que no se puede luchar. Es la parte negativa de la evolución positiva de las ciudades (entendiendo como positiva la competitividad, la calidad de vida, etc.). Poseer una vivienda en propiedad por parte de la población nativa sería la única manera aconsejable de vacunarse contra la globalización del mercado.

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