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Diario de información económica del sector inmobiliario

01 Febrero 2023F23.46h

C

Mercado

Por A. Martínez
14 Oct 2022
F04.48h
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Revolución, acelerón y ¿ahora qué? China encara el tercer acto medio siglo después de Mao

Tras cuarenta años de crecimiento económico acelerado, el milagro chino muestra sus primeros síntomas de agotamiento con una gran crisis inmobiliaria, un menor ritmo de crecimiento y con la discutida estrategia de Covid Cero.

China se mira en el espejo de la incertidumbre. En las últimas cuatro décadas, la economía china ha experimentado un crecimiento inédito en la historia, hasta convertirse en la segunda potencia del mundo. Sin embargo, el modelo implantado por el Partido Comunista Chino, que gobierna el país desde que Mao Zedong accedió al poder con la revolución de 1949, comienza a mostrar sus primeros síntomas de agotamiento en medio de una gran crisis inmobiliaria, una desaceleración del crecimiento económico y la controvertida estrategia de Covid Cero, que ha afectado a la actividad de todas las industrias.


Tras el fallecimiento de Mao en 1976, las nuevas autoridades chinas comenzaron a emprender un lento camino que trasladaría al país de una economía socialista planificada a competir en el mercado capitalista mundial. Aquella reforma estuvo encabezada por el nuevo líder la nación, Deng Xiaoping, quien apostó por el aperturismo económico y una modernización del sistema de producción, con el objetivo de poder importar capital y bienes de consumo occidentales. 

 

El primer paso que llevó a cabo Deng Xiaoping fue transformar al sector agrícola, mediante políticas de descolectivización de la tierra, introduciendo incentivos, permitiendo el arriendo y la contratación de trabajadores asalariados. Estos cambios provocaron que las familias campesinas alteraran su forma de producción, diversificando más los productos cultivados y consiguiendo más capital en menor tiempo. Este excedente de dinero y de horas llevó a las familias campesinas a comenzar tareas manufactureras, en lo que fue la primera semilla de una gran revolución industrial, que con el tiempo convertiría a China en la gran fábrica del mundo.

 

“Tenemos la idea de que China se transforma en una potencia exportadora gracias al capital privado o extranjero, pero, en realidad, dispone de un sistema de propiedad empresarial muy híbrido, plagado de cooperativas rurales y empresas estatales”, asegura Clara Belén García Fernández-Muro, profesora de economía aplicada en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

 

 

 

 

Una mano de obra barata y casi ilimitada puso al país en el centro de la cadena de producción mundial en un periodo de auge del comercio internacional y nacional. China acabaría convirtiéndose en el principal exportador del mundo, especialmente de productos de bajo valor añadido, que pasarían de representar un 5,1% del PIB en 1979 a un 35,4% del PIB en 2007. 

 

Además, en la década de 1980, el país concedió licencias para iniciar empresas privadas, se abrió a inversores extranjeros, las actividades de libre comercio se legalizaron y el sector privado fue creciendo poco a poco. China también creó durante el periodo las llamadas “zonas económicas especiales”, como Shanghái o Xiamen, en las que aplicó políticas de libre mercado como banco de pruebas. En estas regiones, ubicadas en el sur del país, terminaron siendo polo de atracción de capital extranjero y mejoraron la infraestructura y los servicios de las zonas más subdesarrolladas.

 

Los dirigentes comunistas definieron toda esta serie de reformas bajo el concepto de economía socialista de mercado. El entonces líder del país, Xiaoping, respondió a las dudas acerca del modelo económico chino asegurando que “no importa si el gato es blanco o negro mientras cace ratones”.


 

 

 

La explosión económica fue fulgurante. Entre 1978 y 1998, el PIB del país aumentó un 15,7%, mientras que el PIB per cápita lo hizo un 14,4%, más del doble que el registrado en todo el periodo maoísta. Pero el meteórico ascenso económico de China también provocó que aumentaran las tensiones por las crecientes disparidades de ingresos y la inflación que amenazaba al país, lo que obligó a los líderes chinos a pausar los planes de liberalización de los precios y optar por intervenirlos, juntamente con la puesta en marcha de políticas de austeridad. 

 

A comienzos de la década de 1990, China llevó a cabo un nuevo giro en su política económica, apostando por una mayor liberalización exterior, que provocó más posibilidades de absorber industria extranjera directa y un nuevo aumento en las exportaciones e importaciones.

 

Durante los años finales del siglo XX, China siguió creciendo, pero moderó su escalada, con un crecimiento del PIB del 8,9% en 1997, del 7,8% en 1998 y del 7,1% en 1999, a la vez que el gigante asiático reducía drásticamente su inflación.

 

En el marco del XV Congreso Nacional del Partido Comunista Chino en septiembre de 1997, el secretario general y presidente Jiang Zemin anunció planes para vender, fusionar o echar el cierre a la gran mayoría de empresas estatales, con el objetivo de seguir aumentando “la propiedad no pública”. Pese a la expansión de la economía, más de la mitad de las compañías nacionales reportaban pérdidas. Veinte años más tarde, en 2017, sólo el 23,4% de las empresas chinas estaban controladas por el Estado.

 




 

 

En 2001, China entró en la Organización Mundial del Comercio (OMC), en un momento clave para la economía del país. Su ingreso en la entidad coincidió con un momento de debilidad productiva en Estados Unidos, así como de ralentización económica en Europa. El gigante asiático, con gran capacidad de crecimiento y costes laborales bajos, se volvió el epicentro de la inversión extranjera internacional

 

 Ya en 2007, el gobierno chino decidió emprender una reforma laboral. En ella, se vislumbra el primer atisbo de protección a los trabajadores en muchos años, con la introducción de salarios mínimos o vacaciones pagadas, en un intento de aumentar el nivel de vida de los ciudadanos, para desencadenar una estimulación del consumo.


Sólo un año más tarde, la crisis financiera del 2008 golpeó al mundo. China, que en aquel momento basaba gran parte de su economía en las exportaciones comerciales, observó como sus grandes compradores occidentales se tambaleaban y reducían su flujo comercial con el país. De aquel descalabro, el Gobierno chino sacó una lección: no quería depender tanto de la demanda exterior. Para ello, sigue buscando incrementar el consumo interno, con nuevas subidas de salarios y convertir al país en una potencia tecnológica.


Los avances tecnológicos de China desde 2006, que comenzaron bajo el mandato de Hu Jintao y han sido una pieza clave en la política del actual presidente Xi Jinping, se han implementado con el objetivo de ganar independencia en el mercado global. “No hay que olvidar que China es una economía en desarrollo y los avances tecnológicos son parte natural de ese proceso, después de que la inversión industrial aminorara su crecimiento”, añade García Fernández-Muro.

 

 


 

Para ello, el Gobierno chino trazó un plan que optaba por aumentar la inversión en investigación y desarrollo, planificada desde el Estado, para reducir su dependencia de tecnologías extranjeras. La intención de Xi Jinping era convertir al país en el líder autónomo de las tecnologías estratégicas del futuro: inteligencia artificial (IA), almacenamiento en la nube, big data o 5G, entre otros.

 

Motivado por el crecimiento de la economía china, Estados Unidos ha visto cómo su posición como primera potencia mundial se ponía en peligro. En consecuencia, en marzo de 2018 el expresidente estadounidense Donald Trump anunció la intención de imponer aranceles de 50.000 millones de dólares a los productos chinos, argumentando “prácticas desleales de comercio”. Por su parte, el 2 de abril del mismo año, el Ministerio de Comercio de China impuso aranceles a 128 productos estadounidenses. Había comenzado la guerra comercial.

 

Por volumen total de exportaciones e importaciones, Estados Unidos es el principal socio comercial de China y viceversa, por lo que ambos países quedaron condenados a entenderse. En enero de 2020, Estados Unidos y China firmaron un acuerdo a través del cual se comprometían a la circulación libre de tecnología, alimentos o servicios financieros, entre otros. Seis meses más tarde, en medio de la crisis del Covid-19, China volvía a ser el principal socio comercial de Estados Unidos.

 

“La importancia de aquel distanciamiento fue, sobre todo, simbólica, a Estados Unidos no le parece bien que le surja un competidor comercial en tantos niveles, mientras China emergía con pretendida ingenuidad, restando importancia a su enorme crecimiento”, apunta García Fernández-Muro.

 

De 1978 a 2018, la economía china creció a una tasa media anual del 10% y su PIB ha pasado de 150.000 millones de dólares en 1978 a 14.720.000 millones de dólares en 2020. En 2019, el Banco Mundial indicó que la mitad del crecimiento del PIB en China en los últimos cuarenta años se debía a la intensificación del capital, cerca de un tercio al aumento de la productividad total de los factores y el resto al crecimiento de la mano de obra e inversiones en capital humano.

 

Casi medio siglo después de la muerte de Mao, China contempla el porvenir en medio de una desaceleración del crecimiento de la economía, que ha registrado entre abril y junio su peor desempeño desde 2020, cuando el Covid-19 paralizó la actividad de todo el país. Con un entorno marcado por las tensiones geopolíticas, la controvertida política de Covid Cero y la crisis inmobiliaria, China no será, por primera vez, el motor de crecimiento de Asia.  

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