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Diario de información económica del sector inmobiliario

21 Nov 201909:06

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Otoño

Otoño

Llega el último trimestre, y encaramos la recta final del año con el deseo de que se mantenga el mismo nivel de actividad encadenado mes tras mes. Tradicionalmente los comienzos de curso siempre me han parecido más decisivos que los inicios de año, como si las vacaciones produjeran un efecto de reflexión, haciendo que el mes de septiembre marque, en muchas ocasiones, cambios de tendencia.

 

2019 es el sexto año consecutivo de bonanza en el mercado de oficinas, lo que marca el periodo más largo de crecimiento de los últimos 35 años. Han sido casi 72 meses de crecimiento del mercado de inversión y más de 84 del de contratación, que ha sido menos lineal en su comportamiento. Aunque se han superado ampliamente las cifras de contratación del 2012 (las más baja con registros fiables) se experimentaron ligeras contracciones del mercado (por ejemplo, entre el 2017 y el 2018). No obstante, todo apunta a que en 2019 volveremos a igualar o superaremos la cifra del 2017, ya que el primer semestre del año ha sido el mejor desde el infausto 2008.

 

Al hojear los medios de comunicación la sensación no es tan buena ya que las portadas las ocupan un potencial brexit duro, la inestabilidad política, una recesión técnica o el enfriamiento de la economía, con titulares que nos invitan a revivir miedos del pasado.

 

Pese a ello la buena salud del mercado es clara: los niveles de inversión en oficinas se acercan a máximos, las rentas continúan subiendo, hay clara escasez de oferta de oficinas de calidad - especialmente pronunciada en Barcelona - y el volumen de alquileres crece…

 

Pero, ¿es esta una realidad sólida?

 

No percibo los mismos signos de riesgo que en otras ocasiones: esa sensación de euforia e irracionalidad que suele preceder a los peores ajustes. Tampoco se ve el mismo nivel de fragilidad en las compañías, antes terriblemente endeudadas y que acometían casi todos sus proyectos con recursos ajenos.

 

Tampoco el sector de oficinas muestra las mismas tensiones que experimentaba cuando el mercado empezaba a contraerse en el ciclo anterior. La renta ha sufrido un incremento importante pero mucho más sostenible–¡estamos aun más de un 20% por debajo del máximo marcado en 2007 o incluso en 2001!–; los ocupantes tienen mayor tolerancia a soportar rentas elevadas tras haber ajustado sus costes; la generación de oferta nueva en promoción es muy inferior a la que registrábamos en  el 2007 –que mantuvo un nivel muy alto de entrega de nuevos edificios hasta casi el 2011–; el volumen de oferta de calidad en el mercado es muy bajo lo que ayuda a que los precios de los edificios de grado A sean más sostenibles; no hemos asistido a un “calentamiento explosivo” de la demanda ni las previsiones de subida de tipos de interés que podían desincentivar el interés por el inmobiliario como inversión se alejan precisamente por el posible enfriamiento de la economía.

 

Es obvio que existen los ciclos económicos y que nuestro negocio se ve afectado por los mismos, pero no se vislumbran por el momento, síntomas evidentes de cambio en el comportamiento de nuestro mercado de oficinas. Y sí un posible ajuste se produjera finalmente, todo parece indicar que estamos mucho mejor preparados para ello.

 

Este periodo inusualmente largo de crecimiento, las terribles cicatrices que dejó en nuestro sector la pasada “gran recesión” y el deterioro de las previsiones económicas están generando una gran sensación de vértigo y pesimismo hacia el futuro que me lleva a experimentar un cierto desasosiego con la idea de que podamos estar cayendo en un “Síndrome de Casandra”.

 

Hago una llamada al optimismo: no veo señales que deban preocuparnos en exceso y debemos hacer nuestra como la frase clásica que Franklin D. Roosevelt citaba a menudo en sus discursos: “De lo que hay que tener miedo es del propio miedo"

 

Buen otoño, y que se cumplan nuestros deseos.

 

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