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Diario de información económica del sector inmobiliario

21 Nov 201808:57

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La reinvención del arquitecto

La reinvención del arquitecto.

 

 

Pertenezco a la generación de los baby boomers de mediados de los setenta. La circunstancia de nacer junto a tantos bebés nos convirtió en adultos luchadores y competitivos.

 

Nuestra etapa universitaria se desarrolló en la inquietante crisis post 1992, que vino a ser algo así como “nos creíamos ricos, pero en realidad éramos pobres con pase VIP a la fiesta Olímpica”.  Esta segunda circunstancia nos inculcó la cultura del esfuerzo y nos enseñó a valorar el dinero como lo que es: un instrumento importante para obtener libertad e independencia.

 

La década de los noventa fue una época austera, en la que incluso el lujo, cuyo máximo exponente fue Armani, no quiso salir del gris y del azul marino.

 

La sobriedad que definió esta etapa tuvo un maravilloso contrapunto en el mundo de la arquitectura, mejor dicho, en el mundo de los arquitectos en sí, que se erigieron en los profesionales más admirados del momento.

 

Cada generación encumbra determinadas profesiones, en función de cómo eclosione la creatividad en cada momento. Actualmente, los profesionales con mayor predicación son los emprendedores tecnológicos y los chefs estrellados, ambos venerados con idéntica fascinación.

 

Nuestras celebridades de los noventa fueron los grandes arquitectos del momento: Gehry, Piano, Koolhaas, Hadid, Nouvel, Pelli, Foster, etc. Y en Barcelona: Bofill, Bohigas, Tusquets, Ferrater, Miralles, Tagliabue y muchos otros que supieron imprimir a su obra un lenguaje libre y personal.

 

Tuve la suerte de crecer adorándoles. Hacerme mayor me llevó a cuestionarles y a tomar conciencia de que su obra fue, en efecto, deslumbrante, pero pecó de no atender suficientemente a los requerimientos de sus clientes. Los arquitectos estrella llegaron a creer que lo único relevante era que su obra trascendiera, al margen de cuál fuera el propósito del sufrido cliente que costeaba sus honorarios.

 

Estamos en 2018 y el rol del arquitecto ha cambiado substancialmente. A día de hoy ha aprendido a satisfacer plenamente a su cliente, y por encima de todo, a colocar al usuario en el centro de sus decisiones. Lo importante ya no es la obra en sí, sino las necesidades del cliente y del usuario, figuras no siempre coincidentes.

 

He sido testigo directo de hasta qué punto se han tenido que reinventar mis compañeros arquitectos. Nuestro equipo, que suele diseñar espacios de trabajo (lo que antes llamábamos oficinas), ha entendido que lo relevante ya no es su conocimiento técnico, que se da por descontado, sino su capacidad para captar los valores, los mensajes y las emociones del colectivo que ocupará ese espacio, a fin de poderlos reflejar en el proyecto arquitectónico.

 

La tarea es mucho más compleja, porque al espacio de trabajo, actualmente también se le exige que sea capaz de propiciar descanso, diversión y por encima de todo, interacción personal.

 

El reto es aprovechar la intervención arquitectónica para generar un cambio conceptual, unas nuevas formas de funcionar y de interrelacionarse.

 

Todo ello obliga a los arquitectos a entender de psicología, de comunicación, de organización empresarial, y por supuesto de tecnología (imprescindible para poder hacer posible la movilidad y la flexibilidad). En definitiva, el actual rol del arquitecto requiere de una gran transversalidad y exige explorar disciplinas que van mucho más allá de la arquitectura.

 

El nuevo arquitecto gana en humildad, en sabiduría, y al salir del centro, su obra resulta infinitamente más útil e interesante.

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