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Diario de información económica del sector inmobiliario

11 Dic 201806:46

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Los espacios compartidos

Los espacios compartidos.

 

 

Esta semana me desperté con los sonidos de tambores, altavoces y con una música propia de verbena, que iba destinada a animar a los corredores de la maratón de Valencia. Desde el salón de mi casa, y desde las ocho hasta la una del mediodía, pude casi sentir el aliento de cada corredor, por el intenso relato que el animador del evento hacía con su micrófono desde la calle.

 

En los últimos años parece que las ciudades compiten por acoger todo tipo de carreras populares. Estas actividades saludables, y buenas en principio para el municipio, se realizan normalmente los domingos, con el objetivo de minimizar las interferencias en la actividad diaria de los ciudadanos, por la intensiva utilización de los viales destinados al tráfico rodado.

 

Sin embargo, esta explosión de actividades lúdicas y deportivas en los centros de las ciudades van últimamente acompañadas de potentes altavoces, y otros medios sonoros de altos decibelios, que ignoran de forma constante a los ciudadanos que duermen, o que aprovechan el domingo para descansar o leer.

 

He sido corredora habitual durante mucho tiempo. He disfrutado de este deporte, normalmente en solitario, y bajo la tranquilidad de los arboles del extenso parque que cruza la ciudad donde vivo. Y aunque reconozco que dejé de hacerlo por el gran aluvión de personas que empezaron a sumarse a esta afición, de vez en cuando, en días y horarios muy concretos, todavía encuentro la paz entre esos frondosos árboles.

 

Afortunadamente nuestras ciudades están repletas de espacios públicos donde los ciudadanos comparten actividades y aficiones. Estos lugares requieren por supuesto de un uso cívico y responsable por parte de todos, pero deben también ser respetuosos con las diferentes costumbres o gustos de los usuarios que también viven o disfrutan del entorno.

 

En los espacios privados pasa exactamente lo mismo. En una casa familiar, cada miembro tiene diferentes aficiones y preferencias, pero para conseguir una grata convivencia todos tienen que ser conscientes que existen factores (horarios) y elementos (zonas comunes como el salón o el comedor) que requieren del respeto y la colaboración para que todo fluya de forma tranquila y feliz.

 

En los espacios de trabajo compartidos o colaborativos no podría ser diferente. Algunas personas creen que en estos entornos (coworking, centros de negocios, aceleradoras, incubadoras, etc.) simplemente se trata de compartir una mesa o una sala de reuniones, pero la verdadera filosofía tiene un alcance mucho más ambicioso.

 

Por supuesto el punto base de partida es el respeto por las instalaciones que se disfrutan de forma conjunta, pero la esencia es compartir experiencias, ideas y conocimientos entre los miembros. Para que esto pueda darse los usuarios deben tener la mentalidad de dar y recibir, de ayudar para sumar, y la generosidad necesaria para entender que eso es algo positivo para ellos y para el entorno o el grupo.

 

La filosofía de compartir es mucho más gratificante e interesante de lo que uno puede en principio pensar. Esta generosa acción es la antítesis del egoísmo, y tiene curiosamente un beneficio claro en la satisfacción y el crecimiento personal de aquellos que la practican, y un inmenso beneficio para la sociedad en su conjunto. Pero para poder conseguirla uno debe olvidarse de los personalismos pensando en el vecino, el familiar, o el compañero de trabajo.

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