Uso de cookies Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información sobre nuestra: Política de cookies

Diario de información económica del sector inmobiliario

20 Oct 201919:27

n
;Menu
Blog

‘Empollona’

‘Empollona’

 

 

De pequeña me encantaba estudiar. Solía sacar sobresaliente en casi todas las asignaturas y acostumbraba a ganar todos los premios literarios que se celebraban en el colegio. Los profesores solían ponerme de ejemplo ante los otros alumnos y me nombraban delegada de clase, año tras año. Yo escuchaba su reconocimiento con desasosiego, pues sabía que sus palabras me alejaban de mis compañeros, quiénes pronto empezaron a llamarme ‘empollona’, algo que, en efecto, era. 

 

Cuando llegaba a casa, sin que nadie me lo indicara, me ponía a hacer deberes, y cuando los acababa, leía con afán cualquier libro que tuviera a mano. Sacar buenas notas me hacía bastante feliz, pero no podía evitar vivir angustiada, al sentirme alejada de los niños de mi edad. 

 

Con catorce años entré en el Instituto, librándome de la etiqueta de ‘empollona’. Me integré entre mis compañeros con gran facilidad y pude hacer buenas amistades. Viví mi adolescencia como si fuera una película trepidante. Estaba estrenando una vida propia, en la que sentía que todo era divertido y emocionante. 

 

Ese horizonte infinito en el que todo era posible me hacía estar siempre abierta a experimentar cosas nuevas. Con dieciocho años, la noche de Barcelona me parecía un regalo envuelto en celofán; lo fui desenvolviendo con emoción y urgencia. Salía muchísimo y llegaba a casa de madrugada, pero el despertador sonaba a primera hora y me ponía a estudiar. Acabé mi etapa pre-universitaria con la calificación de matrícula de honor. 

 

En la universidad descubrí que hacerse mayor significa tomar decisiones; elegir y descartar. Configurarse; perfilar un futuro propio. La cosa ya iba en serio; las decisiones que tomara en aquel momento determinarían mi vida adulta. Unos conocimientos para ganarme la vida (Ciencias Económicas), y otros para crecer y soñar, (Humanidades). Acabados los estudios universitarios, tenía mil distracciones y no paraba de conocer personas interesantes. Pero seguía siendo una ‘empollona’: todos mis logros tenían la misma receta; las diferentes formas del esfuerzo.  

 

Con la vida laboral, los años empezaron a pasar cada vez más rápidos. Al principio, me enfoqué en cumplir con lo que se esperaba de mí. Llegué a adaptarme tanto al entorno, que ni siquiera me planteaba qué quería hacer ni cómo.  Con el tiempo, empecé a entender que, si me seguía sobreadaptando, no aportaría nada interesante, pues el liderazgo se basa en la autenticidad. Tenía que atreverme a manifestar mi verdadera manera de ser, aunque implicara romper costuras. 

 

He moldeado mi silla ad infinitum, esculpiéndola tozudamente, hasta darle la forma en la que me siento cómoda. Tras más de dos décadas trabajando sin parar, siento que en mis manos tengo derrotas y victorias, pero que mi trabajo es honesto con mi manera de ser y con lo que deseo para las personas con las que trabajo.  


Un día mis jefes me pusieron los galones, años más tarde obtuve el reconocimiento de mi equipo, tiempo después, conseguí tejer lazos con grupos de personas muy diferentes, a veces antagónicas, y encajé en todos esos entornos, tan dispares, de manera asombrosamente natural.

 

Pero procuro no olvidar que todo lo que tengo se lo debo a la ‘empollona’ que fui y la ‘empollona’ que soy. Cada vez de doy mi opinión en público, cada vez que hago presentaciones ante mis clientes, cada vez que participo en paneles y en foros sectoriales, hay infinidad de horas de trabajo y reflexión. No hay atajos. Esfuerzo. Trabajo. Constancia. Y valentía para romper costuras y dejar una huella.

...