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Diario de información económica del sector inmobiliario

11 Dic 201805:34

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Señor Núñez

Señor Núñez

 

 

Sé pocas cosas de su etapa como presidente del Barça, de sus problemas con Hacienda y de su vida personal, aunque le traté mucho por cuestiones profesionales, como el gran actor inmobiliario que fue. Josep Lluís Núñez, presidente de Núñez i Navarro, fue una persona fuera de lo común.

 

Su personalidad arrolladora hacía que cada vez que trataba alguna operación con él, regresara a mi despacho cargada de anécdotas divertidas, que por confidencialidad guardaré siempre para mí. El trato que me dispensó -educado, directo, afectuoso-, hizo que le tomara un gran aprecio personal, que con los años fue convirtiéndose en admiración y afecto. 

 

Para mí, la palabra “presidente” siempre estará vinculada a su efigie, porque ésta era la manera que tenía de relacionarse con el mundo, y el mundo con él. 

 

Hacía seguimiento de todos los temas él mismo, con un estilo de dirección jerárquico. Todo el equipo directivo de su empresa, incluidos sus dos hijos, se supeditaba a sus decisiones, y no porque Núñez fuera el jefe, sino porque era el líder indiscutible de la organización. 

 

A pesar de que actuaba con libertad y sin consultar a nadie, jamás percibí ningún gesto autoritario. Supongo que es la prerrogativa de las personas que se saben poseedoras de autoridad natural. 

 

Núñez supo crear un imperio inmobiliario siguiendo una estrategia distinta a la habitual en el sector. Para empezar, tuvo el acierto de combinar la actividad promotora con la patrimonialista. Era consciente de que la promoción de viviendas resulta enormemente lucrativa en los momentos álgidos de mercado, pero que puede liquidarte con facilidad en épocas recesivas. Por este motivo constituyó una sólida cartera patrimonial de hoteles, edificios de oficinas y párkings, que, con su constante flujo de rentas, le blindó de los ciclos económicos.

 

Con todo, la característica más singular de su gestión, fue, sin duda, el bajo nivel de endeudamiento con el que acometió sus proyectos inmobiliarios. En un sector altamente dependiente del crédito, este hecho causaba estupefacción.  Abordar promociones e inversiones con fondos propios le obligó a renunciar a rentabilidad, pero le hizo independiente de las entidades financieras y le protegió durante el momento bajo del ciclo. 

 

De su manera de entender la actividad inmobiliaria le reprocharía dos cosas: su poca sensibilidad por la arquitectura de autor -sobre todo actuando en una ciudad como Barcelona-, y el hecho de que no acabó de creerse el enorme potencial del 22@. El distrito tecnológico, por motivos inexplicables, no le gustaba. Quizá porque él era un señor del Eixample de los 70’s y entendía Barcelona de esta manera. 

 

En una ocasión, circulábamos mi marido y yo en moto por Barcelona. De pronto, oímos una voz conocida que se dirigía a mi marido: «Alto! On vas tan ràpid? La mataràs així!» Y dirigiéndose a mi: «Anna, estàs bé?» Los dos, atónitos, vislumbramos el rostro de Núñez, por la ventanilla de su coche, con gesto preocupado. Por un momento, temí que me obligara a bajar de la moto y a entrar en su coche. Núñez era así: protector y organizador.

 

Una personalidad singular, una intuición casi infalible y un estilo que emanaba poder y cercanía a la vez. Con él, desaparece una manera única de entender la actividad inmobiliaria y se extingue una Barcelona del pasado.

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