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Diario de información económica del sector inmobiliario

21 Nov 201808:55

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La buena onda en la oficina

La buena onda en la oficina

 

 

La última vez que estuve en un parque público fue con mi abuela. Acababa de cumplir 100 años, y todas las tardes disfrutaba del aire fresco y del verde entorno. Durante nuestra tertulia noté un molesto ruido que venía de los arboles. Mi hermana mayor señaló unos coloridos pájaros que se posaban agrupados en la rama de un árbol. Se trataba de la cotorra argentina, especie originaria de Sudamérica, utilizada durante años como mascota, que ha ido colonizado gran parte de los parques de nuestro país por su abandono y rápida reproducción. Estos sonoros animales imitan a las personas vocalizando palabras, y su carácter escandaloso no deja indiferente a nadie que desee un rato de tranquilidad.

 

En ese momento no pude evitar acordarme de algunos episodios vividos en la oficina, pensando en esa persona cuya voz no deja de escucharse a lo largo de la jornada, bien por su timbre o por su alto volumen. Esas situaciones incómodas que nos obligan a cerrar puertas, utilizar auriculares, o cualquier otra clase de treta que nos permita concentrarnos y realizar la tarea del día.

 

La realidad es que nuestros espacios de trabajo son cada vez más abiertos y colaborativos. Nadie duda de las mejoras que tiene esto en la comunicación entre los equipos, y tampoco de las mejoras en el aprovechamiento del espacio físico. Sin embargo, estos lugares donde imperan las zonas comunes, libres de paredes o divisiones horizontales, requieren de una especial atención en el control de la onda acústica.

 

La primera variable para conseguir un buen entorno es sin duda la definición constructiva del propio espacio de trabajo: la altura de los techos, la dimensión de la sala, los materiales empleados en su construcción. Otra variable es la decoración, que puede potenciar o mermar el ruido: una pared lisa o una división de cristal provocan el rebote directo e inmediato de la onda, mientras que las superficies rugosas la fraccionan mitigando su reverberación.

 

Los profesionales involucrados en la definición y desarrollo de estos entornos laborales (promotores, constructores y arquitectos), y su acabado final (diseñadores de interiores), deberían tener muy presente estos factores, que en ocasiones pasan totalmente desapercibidos por motivos de costes, o simplemente por puro desconocimiento. Actualmente existen en el mercado multitud de soluciones y materiales dirigidos al aislamiento y reducción del impacto acústico, que favorecen la concentración y la productividad de las personas que trabajan en lugares abiertos.

 

Asimismo pequeños detalles decorativos pueden mitigar los nocivos efectos del ruido en espacios abiertos: paneles de corcho en las paredes que nos sirvan como tablón de mensajes, cortinas o stores de tela, tapices en las paredes, o moquetas y alfombras. La tecnología también nos facilita este camino. Existen diferentes dispositivos que evitan que los teléfonos suenen, y en su lugar una luz nos informa, teclados e impresoras fabricados y pensados para emitir menos ruido, o “clear voice” para los móviles, que aumenta la claridad de la conversación reduciendo el volumen del interlocutor.

 

Pero a pesar de todo lo anterior, sin duda la variable más importante para evitar la “contaminación acústica” es el respeto por el uso del espacio común de las personas que trabajan y conviven en la oficina. Es cierto que nuestro país se caracteriza por un elevado volumen de voz, pero mas allá de usos y costumbres propios de cada zona, tener conciencia de que estamos en un ámbito compartido es el factor definitivo para controlar el nivel de decibelios en ese entorno.

 

Los estudios sobre el ruido realizados en diferentes ámbitos laborales son diversos y amplios. Unos se centran en la seguridad y salud de los trabajadores cuya labor está expuesta a ruidos de alto nivel en el sector industrial o agrícola. Otros están enfocados a evaluar la productividad de las personas en función del ruido que existe en su entorno. Y algunos se dirigen a medir los impactos que tiene un exceso de decibelios sobre la salud de los ciudadanos en las metrópolis. Son diferentes objetivos, pero todos esos estudios coinciden en un mismo punto, el ruido puede provocar problemas, en los casos más extremos serán físicos (pérdida auditiva), y en otros casos serán psicológicos (dolores de cabeza, pérdida de concentración, irritabilidad).

 

Me da la sensación que poco a poco vamos tomando conciencia de lo nocivo y molesto que puede resultar el ruido, pero queda mucho por recorrer. Quizás el auge y la proliferación de estos entornos laborales, abiertos y colaborativos, y el aprendizaje forzoso sobre el respeto necesario en ellos acelere ese camino. Porque, sin duda, una buena acústica facilitará la “buena onda” en tu oficina.

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