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Diario de información económica del sector inmobiliario

19 Mar 201905:22

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El abandono de las oficinas públicas

La dejadez en los edificios públicos

 

 

Hace una semana tuve que desplazarme a un edificio de la administración pública local para solucionar un trámite, que desgraciadamente no era posible hacer por vía telemática. Llegar a mi destino fue un camino de interminables pasillos y angostos espacios, para finalizar en una sala de espera decorada por el hastío que allí se respiraba.

 

La administración pública en España podría conocerse como el “fenómeno de las 12 pruebas”. En uno de los famosos cómics de Astérix, el héroe galo tenía que enfrentarse a un edificio público lleno de ventanillas, escaleras y un diseño ineficiente y agotador para terminar con un “aquí no es” como respuesta. ¿Por qué nunca nos apetece realizar gestiones administrativas? La razón no sólo estriba en el tedioso papeleo, también en las terribles condiciones de gran parte de los edificios públicos de nuestro país.

 

Muchos de estos espacios de trabajo permanecen anclados en el pasado, en edificios que fueron definidos para otros objetivos y necesidades, donde se han ido incorporando diferentes instalaciones, sin más remodelaciones que las  imprescindibles por normativa.

 

En los países latinos existe en general poco respeto por el bien común. Lo habitual es que los edificios públicos no se consideren un espacio de todos y para todos, sino un escenario más bien descuidado, donde el funcionario hace lo que entiende conveniente, como si de su casa se tratase. Sin embargo, ese lugar utilizado y costeado por cientos de miles de contribuyentes no puede ser hostil y complicado. El espacio público debe ser integrador para el usuario, sentirse invitado en él, libre de diseños laberínticos y atmósferas hostiles.

 

No hace siquiera un mes presencié con asombro cómo los trabajadores de una oficina del ayuntamiento habían colocado folios de papel en los cristales, pegados con burdo celo, para tapar la entrada del sol de la sala principal. Y también cómo en el departamento de petición de expedientes del Hospital Clinico de Valencia se utilizaba un cajón de naranjas, de plástico viejo y poco salubre, como archivador de documentos.

 

Pero al margen de estas excéntricas y asombrosas realidades, muchos de estos espacios de trabajo deberían tener materiales más cálidos, decoración más amistosa (que no más cara), mejores indicaciones y planos, medidas más sostenibles (sin lámparas frías y de alto consumo), mobiliario más ergonómico en las salas de espera, y menos elementos rígidos de divisiones y separaciones que crean un ambiente de lugar prohibido, donde el ciudadano parece ser siempre una molestia. En definitiva, falta una reformulación de base del espacio de trabajo público, unida a una atención y cuidado por el detalle y el usuario.

 

En vez de construir tantos edificios desde cero, algunos de ellos sin propósito ni misión concreta desde su origen, con millonarios presupuestos que a veces se pierden por el camino, nos convendría poner más énfasis en rehabilitar y acondicionar lo preexistente para mejorarlo, porque en ocasiones unos simples y sencillos cambios pueden provocar mejoras muy significativas.

 

Los cuatro rasgos imprescindibles para un espacio público son la accesibilidad, el diseño y confort, la cooperación y los usos y actividades que ofrece.

 

Así lo entienden en nuestros países vecinos del norte de Europa, donde están aplicando desde hace tiempo nuevos conceptos de diseño y trabajo en los edificios públicos, como es el caso del gobierno de los Países Bajos con su programa Public Workspaces. Uno de sus últimos ejemplos es el Rijnstraat 8 en La Haya, un edificio de los años 90, intervenido por OMA Arquitects, que ha conservado sólo el 20% del edificio utilizando el 100% de los materiales reciclados. Esta remodelación, que alberga las oficinas de dos ministerios y dos organizaciones públicas, se ha basado en los criterios generales establecidos en el Master Plan definido por el gobierno, enfocado a mejorar la eficiencia en el diseño, la construcción, la financiación y el mantenimiento de los edificios de oficinas y centros públicos de servicios. 

 

Hoy en día es necesario aplicar un diseño arquitectónico y constructivo que responda a los nuevos modos de trabajar, en los que convergen la antigua rutina de oficina y la eficacia de los espacios abiertos. Por eso, el Rijnstraat 8 ha pasado a ser un edificio público con grandes áreas despejadas, espacios de trabajo flexibles que facilitan la interacción entre departamentos, con salas de reuniones circulares y una organización interna donde es muy fácil para el contribuyente identificar de inmediato dónde está cada cosa.

 

O ejemplos como el de Bélgica, de hace apenas dos años, donde la arquitecta Zaha Hadid reconvirtió una antigua estación de bomberos en las oficinas centrales de las autoridades portuarias de Antwerp, respetando el histórico inmueble para crear lo que hoy se conoce como The Port House.

 

Afortunadamente veo que algunas empresas públicas como Correos empiezan a recorrer un buen camino en este sentido, orientando sus instalaciones al cliente, y algún que otro hospital introduce mejoras en sus salas de espera. Pero es una parte muy residual, ya que la gran mayoría de los edificios públicos de los que nos sentimos orgullosos son de nueva planta y están sólo destinados a la actividad lúdica, como museos o palacios de música.

 

Es obvio que la mejora del diseño del espacio de trabajo público tiene un impacto directo en la calidad de la rutina de los trabajadores y en la satisfacción de todos los usuarios. Hay un largo camino por recorrer, empezando por la conciencia social de cuidar lo público. Pero para lograr que estos lugares sean eficientes y satisfactorios para todas las partes no será siempre imprescindible levantar edificios nuevos, sino reconstruir, adaptar y mejorar lo ya existentes, con un enfoque hacia el ciudadano y una visión sobre la forma de trabajar actual.

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