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Diario de información económica del sector inmobiliario

21 Nov 201808:31

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La larga vida de los inquilinos indefinidos

La larga vida de los inquilinos indefinidos

 

 

Una persona le dice a la otra: “Mi padre y mi madre vivieron hasta los 97 años”. Esto no tendría nada de particular de no ser porque el que emite el mensaje es un inquilino indefinido y el que lo recibe es el propietario de la vivienda. Claramente el inquilino le está diciendo al propietario que se arme de paciencia para recuperar su inmueble. Le está vacilando, poniendo en duda la rentabilidad real de la vivienda. Dice una leyenda urbana que los inquilinos indefinidos viven por encima de la media. Seguramente no encontraremos esta afirmación en ningún libro de leyendas urbanas, ni en un informe estadístico, pero coloquialmente parece bastante aceptado que quien tiene un inquilino con contrato indefinido probablemente nunca llegará a tener la posesión de la vivienda.

 

Son personas con un perfil concreto, seguramente también hijos de inquilinos, arrendaron la vivienda a muy temprana edad y los que aún sobreviven tienen cuerda para rato, y en caso de defunción siempre tienen un/a cónyuge más joven que les cogerá el relevo con una fantástica subrogación. Si además se trata de una vivienda sin barreras arquitectónicas, las posibilidades de recuperación en vida del inmueble son ya muy remotas.

 

No se trata de frivolizar con el tema, sino de tratar con humor un hecho constatado. Los inmuebles con contrato indefinido son claramente un producto de inversión. Quien los vende lo hace porque tiene claro que no vivirá para llegar al premio gordo (que es la posesión del inmueble). Quien se plantea comprar estos inmuebles no tiene previsto maquinar para echar a los inquilinos acogiéndose a las opciones legales existentes.

 

El inversor sabe muy bien que los números los va a hacer calculándole al inquilino una esperanza de vida de 100 años, para evitarse frustraciones futuras. Que la renta cubra los gastos recurrentes (Comunidad e IBI) es una condición sine qua non para que el vía crucis del propietario sea lo más llevadero posible, y si además hay una pequeña rentabilidad, será un camino de rosas… y como la vida es camino, la vida pasará y lo de menos será el premio… el inversor morirá feliz viendo delante suyo la inalcanzable zanahoria...

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