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Diario de información económica del sector inmobiliario

10 Agosto 2022F14.18h

C

Opinión

14 FEB 2022
F16.00h

No hables a menos que puedas mejorar el silencio

El silencio, el malentendido silencio, el malinterpretado silencio... 

 

El maravilloso silencio inteligente. 

 

El silencio no es sólo sinónimo de desconocimiento o de desconfianza. El silencio también es sinónimo de espacio, de reflexión, de respeto, de no confrontación y, sobre todo, de sabiduría. El silencio inteligente es sinónimo de pocos prejuicios y menos complejos.

 

El silencio es el espacio donde ocurren las cosas más importantes de esta vida. El silencio es el hilo conductor del conocimiento de uno mismo, esa charla sobre ti mismo y sobre quién eres sin necesidad del análisis o la aprobación de otros. También es el origen de las reflexiones y las grandes ideas, pero sobre todo es el entorno adecuado del intelecto y el aprendizaje.

 

Hay grandes detractores del silencio que necesitan verbalizarlo, aprobarlo y comentarlo todo. Y hay personas que necesitan de la constante anulación del silencio porque este les obliga a escuchar, a pensar, analizar, tomar decisiones y sobre todo a conocerse a si mismo.

 

 

El silencio da miedo, es incómodo, y muy embarazoso con uno mismo y con otros. El silencio es difícil de gestionar y deja mucho espacio a quienes nos rodean. Eso para los que necesitan tener el control de todo es complicado.

 

El silencio es el gran enemigo del ego y la omnipresencia y el valedor de la confianza en uno mismo.

 

Yo soy un gran defensor del silencio. Aunque vivo y me desarrollo en un mundo donde no me permito el lujo de encontrarlo con facilidad, me he dado cuenta y he aprendido que el silencio convive perfectamente con el ruido, el alboroto, la reivindicación y la reclamación. Simplemente hay que saber que existe. Sólo hay que saber utilizarlo, y aprender a sacarle el máximo partido y rendimiento a nivel personal y profesional.

 

Vivimos en el mundo de opinar, de opinar sin que te pregunten, de opinar sin saber, opinar y hablar, en el de escucharnos constantemente y en el mundo del que no dice, no opina, no habla o no verbaliza; no vale. O peor todavía, no sabe. Parece que estar callado es sinónimo de desconocimiento. Ese es uno de los grandes errores de nuestra sociedad.

 

Las personas piensan que lo más importante es saber expresarse y dejan de lado la habilidad de saber escuchar, de callarse cuando es necesario o utilizar los silencios adecuadamente. Una gran oratoria sin saber escuchar y callar es como un Ferrari sin piloto.

 

Me declaro ferviente defensor del escuchador, del reflexivo, del atento que busca el momento adecuado para hablar sin contar las palabras ni los minutos. Ese que todos conocemos que habla poco pero que cuando habla suma, que hace más interesante la conversación y, sobre todo, que no tiene complejos a estar en silencio.

 

 

En un mundo donde muchas personas tienen miedo a estar calladas por inseguridad, y llegan incluso a preferir hablar erróneamente antes que estar en silencio, esta es una lección errónea que debemos cambiar y dejar de enseñar. 

 

Este mundo donde cualquier persona habla de todo y un mundo donde los que vivimos en él, nos medimos casi por el número de palabras aportadas; para mí, y en este contexto, cada vez toma más sentido y suma más valor aquella persona que no necesita hablar para ser respetado. Aquella persona que maneja tan bien sus silencios que genera expectación y que cuando rompe a hablar, quien le escucha, atiende a todas sus palabras. 

 

Recuerdo los silencios de mi abuelo. Silencios inteligentes, silencios amables y silencios generosos. Siempre dejó un hueco a otros para hablar de cosas que él conocía mejor que ninguno. Profunda admiración a ese tipo de personas que vivieron, viven y vivirán sin el complejo del “y yo más" siendo espectadores del atrevimiento. 

 

La gestión del silencio es uno de los mayores méritos que el ser humano puede alcanzar. No se trata de estar callado o en silencio, sino saber estarlo cuando toca y se requiera. 

 

Cierro con una nota simpática de Groucho Marx para descafeinar esta reflexión profunda: “Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente”. 

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