Opinión

El alma de las ciudades

El alma de las ciudades

Luis Vidal

25 nov 2025

Las ciudades son organismos vivos en transformación constante. Su equilibrio depende de cómo las pensamos, las conectamos y las dotamos de lugares capaces de elevar la vida cotidiana de quienes las habitan. El urbanismo, entendido como una herramienta de servicio público, no sólo ordena el territorio: define la manera en que lo vivimos. Y en esa manera de vivir se decide, en buena medida, el futuro de nuestras sociedades.

 

La calidad urbana no depende de la densidad, sino de la estructura de relaciones que sostiene. Una planificación inteligente integra usos, reduce desplazamientos y garantiza el acceso equitativo a los servicios. Esa proximidad funcional favorece la movilidad sostenible, fortalece la economía local y reduce el impacto ambiental. Entonces el urbanismo deja de ser un plano para convertirse en una política de bienestar: una estrategia de crecimiento que pone la vida, no la estadística, en el centro.

 

En esa construcción silenciosa, las infraestructuras de transporte desempeñan un papel esencial. Aeropuertos, estaciones o intercambiadores son las verdaderas puertas de las ciudades: lo primero que percibe quien llega y lo último que recuerda quien se va. Son, en muchos sentidos, las catedrales del siglo XXI, lugares donde se condensa la identidad de un territorio y se proyecta su manera de entender el progreso. Su diseño no es un asunto de forma, sino una declaración de principios. Una infraestructura bien concebida es a la vez máquina precisa y embajada cultural. Refleja la esencia de la ciudad que la acoge. Se reconoce en su luz, en sus materiales, en la cadencia de los recorridos y en la manera en que acompaña el movimiento de las personas.

 

 

 

 

Antes de comenzar cualquier proyecto conviene comprender la esencia del lugar. Cada ciudad posee una luz distinta, una historia y una forma de habitar que merecen ser estudiadas. Solo desde esa lectura atenta se puede transformar sin borrar, innovar sin quebrar la memoria. Transformar no es imponer una forma, sino interpretar una verdad latente y expresarla con elegancia, de modo que la obra, sin pretenderlo, alcance cierta trascendencia. La elegancia, en arquitectura, no es ornamento: es proporción, mesura y respeto. Y la trascendencia no proviene del gesto monumental, sino de la capacidad de permanecer en la memoria a través de la utilidad bien resuelta.

 

Esa filosofía ha guiado proyectos como The Queen’s Terminal en Heathrow o la nueva Terminal E del aeropuerto de Boston Logan, dos obras que, desde contextos distintos, comparten un mismo principio: convertir la funcionalidad en experiencia. La Terminal 2 de Heathrow se ha convertido en un referente mundial en eficiencia energética. Fue el primer aeropuerto del planeta en alcanzar la certificación Breeam Excelent, reduciendo en torno a un 40% las emisiones de CO2. Su gran cubierta ondulante traduce los tres procesos principales del pasajero, facturación, control y embarque, en tres curvas suaves que guían el movimiento con naturalidad. Luz norte filtrada, materiales modulados y un proceso constructivo de bajo impacto lograron unir claridad formal y sostenibilidad real.

 

En Boston, la modernización de la Terminal E parte de la misma convicción: que la arquitectura puede ser una bienvenida. La nueva cubierta, paralela a la trayectoria del sol, incorpora grandes lucernarios orientados al norte que inundan el interior de luz natural y reducen el consumo energético. Desde el exterior, la estructura se distingue por su tonalidad Boston Red, creada especialmente para el proyecto: un rojo prismático que cambia con la luz como una puesta de sol sobre el puerto. Esa vibración cromática, a la vez técnica y simbólica, enlaza la terminal con la identidad de la ciudad y convierte su fachada en un gesto de pertenencia.

 

El desafío actual no es construir más, sino construir mejor. La sostenibilidad no es una etiqueta, sino una actitud que abarca toda la vida de un edificio: desde la elección de materiales hasta su funcionamiento diario. Lo mismo sucede con la accesibilidad: no basta con cumplir una norma, hay que asumirla como ética. Las infraestructuras del futuro serán las que integren flexibilidad, respeto medioambiental y calidad espacial sin renunciar a la emoción. Porque la arquitectura también debe conmover, aunque lo haga con discreción. La belleza no está en el exceso, sino en la precisión de lo esencial.

 

 

 

 

Tras décadas de trabajo en contextos diversos, mi convicción se hace evidente: las ciudades que prosperan son aquellas que han sabido alinear planificación, movilidad y diseño con un propósito común: mejorar la vida diaria. El éxito de una obra no se mide por su tamaño ni por su monumentalidad, sino por su capacidad de hacer que la ciudad funcione mejor, que el ciudadano se sienta acogido y que el visitante perciba una identidad. Un buen proyecto no busca ser icono, pero a menudo termina siéndolo.

 

Quizá ahí resida también la diferencia entre imaginar y construir. Hay quienes dibujan, sueñan o proponen, y hay quienes, además, lo hacen realidad. La arquitectura se mide por lo que llega a materializar, por los espacios que acaban habitados y las infraestructuras que transforman la vida de millones de personas cada día. Ese hacer silencioso, tangible y constante es la verdadera medida del oficio: convertir las ideas en lugares que permanecen. Porque cuando la arquitectura se pone verdaderamente al servicio de las personas, deja una huella discreta y duradera: una trascendencia silenciosa que permanece en la memoria y en la manera en que la ciudad, sencillamente, empieza a ir mejor.

 

Diseñar infraestructuras y planificar ciudad son, al fin y al cabo, dos expresiones de una misma aspiración: conectar. Conectar personas, barrios, economías y culturas. Conectar pasado, presente y futuro. Cuando esa conexión se produce, la ciudad deja de ser una suma de construcciones para convertirse en lo que siempre debió ser: un lugar donde vivir bien, llegar con orgullo y partir con emoción.

 

Luis Vidal

Luis Vidal

Luis Vidal, fundador de luis vidal + arquitectos (2004), dirige un estudio internacional con sedes en España, Chile, República Dominicana y EE.UU. UU. Con más de 70  proyectos  premiados , destaca por su visión de la ciudad del futuro y un enfoque centrado en el usuario y la sostenibilidad. Ha liderado más de 300 proyectos, incluidos aeropuertos como la T4,  Heathrow T2 y Boston Logan, así como hospitales y campus premiados. Es miembro del Riba,  Coam  y AIA, y profesor en instituciones de  España , Reino Unido y Estados Unidos.