Opinión

La gestión del agua hace fluir la inversión hacia el ‘natural capital’

La gestión del agua hace fluir la inversión hacia el ‘natural capital’

David Onrubia

4 nov 2025

España y Portugal, dos países de clima mediterráneo marcados por la aridez y por la escasez de recursos hidrológicos, concentran una creciente inversión en cultivos permanentes de alto consumo hídrico, como el aguacate o los cítricos premium. En un continente donde las oportunidades agrícolas avanzan hacia el norte en busca de humedad, el sur se reinventa para producir, precisamente, gracias a su escasez. A primera vista, podría parecer una contradicción ya que España y Portugal no destacan por su clima húmedo. Sin embargo, la realidad es más compleja: la presión hídrica ha impulsado durante más de un siglo un marco normativo, institucional y tecnológico de primer nivel que hoy sitúa a la península en la vanguardia europea de la gestión del agua.

 

El agua, entre otros muchos aspectos, ha unido a España y Portugal desde hace siglos. Ya en 1864, ambos países entendieron que una gestión conjunta de este recurso sería más beneficiosa para ambas partes. De este acuerdo salió el Tratado de Límites, al que siguió el reglamento de 1866, que sentó las bases para la administración común de los ríos fronterizos. Aquella visión temprana y bastante inusual en una Europa aún fragmentada, estableció el principio de corresponsabilidad sobre los recursos naturales.

 

Más de un siglo después, el Convenio de Albufeira de 1998 consolidó esta cooperación en materia ambiental. A diferencia de otros marcos bilaterales europeos, este acuerdo no se limitó al reparto de caudales compartidos, sino que introdujo criterios ecológicos, transparencia y planificación conjunta. Sólo dos años más tarde, en el 2000, la Directiva Marco del Agua (DMA) de la Unión Europea consagró el concepto de “demarcación hidrográfica” y la meta de lograr el buen estado de todas las masas de agua: un objetivo en el que España y Portugal ya habían empezado a trabajar.

 

 

 

 

Esta apuesta por la regulación legal hídrica se tradujo también en un desarrollo sin precedentes de embalses y canales que hoy hacen posible esa nueva agricultura. En Portugal, el embalse de Alqueva constituye el mayor embalse artificial de Europa occidental, con una capacidad de 4.150 hectómetros cúbicos, suficiente para cubrir la demanda de agua de Lisboa durante 40 años. En España, proyectos como La Serena (Badajoz, 3.219 hectómetros cúbicos) o Alcántara (Cáceres, 3.162 hectómetros cúbicos) son ejemplos de ingeniería que sostienen la expansión de cultivos de alto valor añadido en entornos climáticamente complejos.

 

Gracias a estas infraestructuras, zonas que en otro momento eran marginales se han convertido en polos de atracción de inversión agrícola, con el consiguiente ejemplo multiplicador en el empleo y la actividad económica en territorios rurales con riesgo de despoblación. Esta amplia trayectoria regulatoria y la inversión sostenida en infraestructuras hidráulicas han permitido que, pese a las limitaciones naturales, la península sea hoy un territorio fértil para el desarrollo de cultivos exigentes en agua, incluso de cultivos tradicionalmente localizados en climas tropicales. Uno de los ejemplos más representativos de los últimos años es el aguacate, cuyo consumo en Europa crece a doble dígito, en el entorno del 10%, en tasa interanual.

 

Si bien los grandes productores y exportadores de lo que algunos llaman ‘oro verde’ están en Latinoamérica, la ventaja de la proximidad geográfica hace de España y Portugal proveedores naturales del mercado europeo por sus evidentes ventajas: menor huella logística, mayor trazabilidad y costes competitivos frente a los mercados del otro lado del Atlántico.

 

Esta combinación de demanda creciente, regulación avanzada, infraestructura pionera y clima templado está atrayendo cada vez más a capital institucional al sector. Fondos de pensiones, fondos soberanos, aseguradoras e incluso instituciones religiosas están destinando su capital a cultivos permanentes en el suroeste peninsular. No se trata de una inversión al azar o especulativa, sino de estrategias de largo plazo vinculadas a la producción sostenible de alimentos apoyadas en fundamentales de demanda muy sólidos.

 

 

 

 

El interés internacional por el ‘natural capital’ peninsular responde también a una transformación más profunda: la agricultura se ha convertido en un vector clave de la transición ecológica. La gestión sostenible del agua no es solo una condición técnica, sino un criterio de inversión. Así, la creciente escasez de agua en el sur de Europa ha elevado el valor de gestionar con eficiencia cada hectómetro cúbico. En este sentido, el futuro de la inversión en agricultura en España y Portugal depende de la adecuada gestión del agua.

 

La innovación tecnológica, la integración de datos meteorológicos en tiempo real y la automatización de riegos están redefiniendo los modelos de gestión agrícola. Los grandes fondos incorporan hoy métricas ESG que exigen trazabilidad y eficiencia en el uso de recursos naturales. Los proyectos agrícolas capaces de demostrar reducción de huella hídrica, uso de energía renovable y circularidad en los procesos de riego logran primas de valor y mejor acceso a financiación verde. En ese contexto, España y Portugal ofrecen un ecosistema atractivo: seguridad jurídica, infraestructuras de primer nivel y una posición estratégica en la cadena de suministro europea. El agua, lejos de ser una limitación, se convierte en el elemento que motiva la inversión.

 

A pesar de la imagen de región seca, la península ibérica es uno de los mercados principales para la inversión en agricultura: un marco legal claro; una planificación transfronteriza dirigida al mercado principal de consumo, el europeo, infraestructura para riego masivo y una cultura sobre la huella ambiental. A esto se suma un reto de alcance global: el cambio climático. La mayor irregularidad en los ciclos hídricos que se prevé para los próximos años representa también una oportunidad.

 

Aquellas geografías que combinen tecnología, diversificación de cultivos y visión a largo plazo, como ya ocurre en el caso ibérico, hará que la gestión de un recurso escaso como el agua sea la semilla que haga brotar el futuro de la inversión inmobiliaria. En definitiva, para el inversor con visión a largo plazo, los suelos agrícolas en España y Portugal ofrecen un ecosistema estable y con potencial de crecimiento y una atractiva relación entre riesgo y beneficio respecto a otros sectores más dependientes del ciclo económico.

David Onrubia

David Onrubia

David Onrubia se unió a JLL en 2018 como director de Buyside Q&RM Porfolio Services; en 2021 siguió su trayectoria dentro de la compañía como responsable de Portfolio Services y, desde 2025, lidera el área de Inversiones Alternativas en JLL Capital Markets. David Onrubia es arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid. Cuenta con un Máster en Valoraciones Inmobiliarias, Tasaciones y Peritaje Judicial por la Universidad Europea, así como en Gestión y Dirección Logística por el Instituto Superior Europeo de Barcelona (Iseb).